Seguro que la gran mayoría, a gusto o con disgusto, hemos acudido a uno, dos o más reuniones estos días. Comidas familiares, cenas con amigos y todas esas farrandas propias de estos días en los que no es precisamente la fe lo que nos une, si no la costumbre, la tradición y las ganas o la obligación de estar con nuestra gente. Sea como sea, casi todo lo celebramos alrededor de una mesa con comida y bebida, cosa que a mi me satisface mucho, dicho sea de paso. Una aprende a comer de niña con la familia mas cercana: mamá, papá, cuidadores habituales…En ese núcleo desarrollamos nuestros gustos y nuestras fobias, nos acostumbramos a unos sabores y platos concretos y aprendemos unos modales determinados a la hora de comer, buenos o malos, que serán los nuestros el resto de nuestra vida. Pero, además, están todas esas celebraciones con la familia extensa: abuelos, tíos, primos, amigos, etc. Bodas, cumpleaños, navidad, vacaciones. Las ocasiones se repiten a lo largo del año y hay familias, como la mía, que no desaprovechan ninguna ocasión.

Calçots

Otra de nuestras tradiciones. Semana Santa en Cáceres con los calçots, el botillo de mi madre y las migas de mi hermano Miguel como platos simbólicos de una reunión familiar que llevamos haciendo más de 30 años.

Esas comidas familiares son la primera ventana al mundo de la gastronomía, el primer paso para disfrutar de la comida como un acto cultural y no meramente una satisfacción de necesidades corporales. En la familia pequeña, la nuclear, una vez superadas las etapas de aprendizaje, los “modales” son más difusos, las prisas del día nos hacen aparcar los rituales, el momento se convierte en “la hora de la ingesta”. Sin embargo, en esas reuniones familiares es donde vemos todo el simbolismo asociado a los alimentos, las maneras de elaborarlos y presentarlos. En una mesa alrededor de la cual se sienten varias generaciones de una misma familia vemos expresadas diferentes identidades y roles: quien cocina por obligación y quién lo hace por placer, quien sirve y quién espera ser servido. Podemos ver la cocina tradicional y la innovadora, el “comensal creativo”, como dice Innerarity, y el aburrido, el cocinero que ilustra y el que alecciona.

Cada familia ha destilado miles de años de alimentación hasta llegar a su propia tradición, circunscrita en su cultura, en la sociedad a la que pertenece. Esa tradición propia es mezcla de lo nuevo y lo antiguo, de gustos e imposiciones, de los “posibles” y del número de generaciones sentadas a la mesa. Observo a mi gran familia materna y veo a los que nos tiramos a la comida como si no hubiese un mañana, los lentos, el metódico, el de los platos combinados con todo lo que haya en la mesa. El que va sacando diferentes botellas de vino hasta que saca aquella que tiene guardad para esa ocasión. La que se pasa el rato dando las gracias por que no paramos de decirle lo rico que está todo lo que lleva días cocinando. La que se sienta y es feliz por que se lo dan todo hecho, que está hasta las peinetas de cocinar a diario. El que dice que a ver si hay cojones de reunirse un día solo con un yogur y dos mandarinas para cada uno. Observo a toda esa sección de la familia a la que no le gusta el tomate crudo, como a la abuela. El pequeño de turno moviéndose de silla en silla metiendo las manos allá donde haya aceitunas. Pero todos sentados a la misma mesa..por placer aunque sea una “fiesta de guardar”. Personas de más de 70 y bebés de meses. Vamos creciendo, ocupando diferentes roles, aprendiendo y enseñando a comer, a probar, a cocinar.

¿Nuestra tradición? En Año Nuevo, cocido montañés. dos perolas que hace una de mis tías para todos, todos los años. Y que no falte, que es lo que le da sentido al día 1. Las alubias de ese cocido fueron las primeras legumbres que probó mi hija mayor y la pequeña se ha metido dos platos esta vez. Ese cocido es nuestro símbolo del nuevo año. Y esa mesa es nuestra identidad familiar, donde sacamos todo lo aprendido en el núcleo familiar pequeño en una retroalimentación infinita.

Regalaos este libro: Cocinar, comer, convivir (recetas para pensar con los cinco sentidos. Daniel Innerarity y Andoni Luis Aduriz

Me encantaría conocer vuestras costumbre y tradiciones. Vuestros símbolos familiares.

Y me acabo de acordar de un detalle de mi abuelo Pepe: los huevos fritos con azúcar, en vez de sal. Algo extraordinario.

¡Que tengáis buen año!

Patricia.

Patricia García Berruguete

Consultora en higiene alimentaria y formadora de manipuladores de alimentos. ¿Que por qué hay que formarse? Porque conseguir unas correctas prácticas de higiene no depende únicamente del sentido común.