Nutricionistas, dietistas, bioquímicos, genetistas, endocrinos, biólogos, químicos, médicos, pediatras, tecnólogos de alimentos, alergólogos, cocineros, veterinarios… hay un amplio espectro de especialistas que dedican su actividad profesional a la nutrición y a la alimentación (que ya sabemos que no son lo mismo). Dentro de esta multidisciplinariedad:

  • los hay que se dedican a establecer pautas correctas de alimentación y estilo de vida para que consigamos un estado óptimo de salud a través de los alimentos y el ejercicio físico
  • hay científicos de bata blanca metidos en laboratorios investigando los efectos de nutriente en el organismo
  • hay especialistas estudiando los condicionantes genéticos para determinar por qué, a igual alimentación, yo engordo y tú no
  • otros diseñan nuevos alimentos que nos aportan más o menos cantidad de un nutriente concreto.
  • otros investigan cómo mejorar la producción de los alimentos

Además de todos estos profesionales, las administraciones elaboran programas oficiales para promover buenos hábitos entre la población. Buenos hábitos que no son fruto del capricho de nadie, sino que están refrendados por estudios científicos, de ahí que en ocasiones, como el conocimiento avanza, las recomendaciones varíen e incluso, se contradigan. Todos conocemos campañas para el consumo de fruta en los colegios, la de “5 al día”, estrategia Naos para reducir la obesidad, código Paos para regular la publicidad dirigida a menores y adolescentes, etc.

Sin embargo, pese al buen hacer de expertos y administraciones, los malos hábitos predominan, la obesidad avanza y el gasto sanitario en los problemas de salud derivados se dispara. ¿Qué ocurre entonces? He de decir en este momento que este post es un “artículo de opinión”, nada más. Y además voy a generalizar mucho…Sabrán perdonarme, espero…

Hasta hace relativamente poco tiempo, la mayoría de las mamás compraban y cocinaban a diario, la oferta de alimentos provenía de un mercado local y estacional; en las calles olía a cocido, a tortilla de patata, a filete empanado, a ajo arriero…comer mal era difícil. En las dos últimas décadas las mujeres hemos pasado de ser “esclavas del hogar y la familia” a ser “esclavas de las tres jornadas”: la casa/familia, el trabajo y la de todas esas tareas invisibles que se podrían resumir en acordarse de todo para que nada falle. En la mayoría de los casos, ese progresivo abandono de la dedicación exclusiva de la mujer a la alimentación y cuidado de la familia, no se ha visto acompañado por un aumento de la dedicación a ello de sus parejas, de modo que el resultado ha sido la búsqueda de la comodidad y rapidez para resolver esta cuestión. A mi juicio esto ha llevado a dos escenarios que marcan el modelo actual de hábitos alimentarios y la consiguiente mala nutrición:

1. Consumo elevado de productos alimenticios procesados en exceso, de fácil preparación y no todo lo saludables que debieran. Los supermercados ofrecen innumerables artículos, ofertas muy llamativas, regalos, promociones…acabamos llenando el carro con más de lo que queremos y poco de lo realmente necesario. No compramos: NOS VENDEN, pero encima nos vamos a casa pensando que somos unos auténticos cracks llegando a fin de mes.

2. Los niños crecen sin entrar en la cocina. No ven cocinar, no se les enseñan las nociones básicas de cocina, no aprenden que la sopa no tiene por qué salir necesariamente de un sobre. Todos tenemos recuerdos de mamá trajinando en la cocina, de los olores, de meter la mano en la harina y el huevo cuando nos dejaban ayudar. Sin embargo, ya hay familias que esos recuerdos los fabrican alrededor de Ronald McDonald, que tiene una gran infraestructura para proporcionar ratos felices a niños y mayores.

Salud alimentaria: Los niños han de conocer y respetar la comida como bien cultural, más allá del mero hecho de la nutrición

Los niños han de conocer y respetar la comida como bien cultural, más allá del mero hecho de la nutrición

Todos sabemos que la dieta mediterránea está considerada una de las mejores maneras de alimentarse, pero en general, todos los países y regiones tienen sus alimentos y preparaciones culinarias tradicionales, su propia cultura gastronómica en definitiva. Pero en todas partes estamos sufriendo una colonización alimentaria por parte de una industria alimentaria deslocalizada, a la que poco le importa el estado nutricional de la población, la obesidad, las enfermedades cardiovasculares, los niños con diabetes, etc. Y sí, gastan millones de euros en I+D+i, en conseguir que tengan menos sal, menos grasas de las “malas”, en que la EFSA les apruebe tal o cual declaración nutricional o alegación de salud…pero no nos engañemos…su objetivo es vender…mucho (ojo, en esencia esto no me parece mal).

Hay un dato que debe hacernos pensar mucho: casi la totalidad del gasto sanitario se dedica al 10% de la población: la que está enferma.  Actuando antes, seguramente se reduciría el gasto. Si las diferentes administraciones se pusiesen agresivas de verdad, como en el caso de la seguridad vial o el tabaquismo, se notarían cambios importantes en poco tiempo. Imaginaos que cada vez que vamos a comprar una bolsa de patatas fritas nos encontramos en el envase la foto de la barriga de una persona con obesidad mórbida, o de una arteria taponada. Un poquito de repelús nos daría, ¿no? Esta idea me surgió el otro día viendo la cara de asco de mi hija pequeña (la que me estaba preguntando en la foto si podía comerse esa placa de lasaña rota) al ver la foto de una dentadura podrida en un paquete de tabaco.

Salud alimentaria

Hay que conseguir que todos seamos conscientes de los riesgos reales de una mala alimentación. No basta con saber que hay que consumir frutas y verduras, hay que saber qué es lo que nos puede pasar si no lo hacemos más allá de ponernos gordos como focas.

Hay que conseguir que la población no se aleje de la cocina, del mercado, que disponga de una adecuada formación en nutrición básica, en hábitos correctos, en prácticas correctas en la manipulación y la higiene… en definitiva, que se ocupen y preocupen de SU SALUD ALIMENTARIA.

Para ello veo necesaria una intervención agresiva y duradera en el tiempo por parte de las administraciones, un control implacable sobre la industria y sus mensajes publicitarios, intentando además hacer campañas de información igual de espectaculares que las suyas. Además, una formación transversal en todas las etapas de desarrollo de niños y adolescentes en la que aprendan el respeto por el propio cuerpo, para que finalmente sean adultos informados y así puedan elegir con conocimiento de causa, sabiendo realmente cuáles son los riesgos de una mala alimentación, del abuso del alcohol, de conducir sin casco, etc. Estando bien formados e informados quizá nos libremos de personajes como Dukan y otros vendedores de crecepelo, nos aceptaríamos tal como somos sin buscar la perfección que nos venden en los anuncios. Y por supuesto, como meta importantísima de esa formación, sería que los niños lleguen a adultos sin la idea de que esto es función exclusiva de las mujeres, nada más.

Y no es muy difícil comer de forma adecuada aunque no tengamos tiempo de cocinar a diario, que para eso tenemos el congelador, señores. ¿Qué opináis sobre esto? ¿Créeis que en este país llegaremos al modelo USA en el que los niños no saben diferenciar un tomate de una patata?

Gracias a un compa del curso de Alimentos Funcionales que estoy estudiando, he llegado a los documentales de Jamie Oliver y su intento por cambiar la alimentación en los EEUU. He visto los dos primeros y el panorama es realmente desolador. Si tenéis tiempo, vedlos.

Esta entrada participa en el III Carnaval de la Nutrición que en esta ocasión alberga el blog de José Manuel López Nicolás, Scientia. Os recomiendo seguirlo.

Si os parece interesante, no dudéis en compartirlo…os mando una mandarina de regalo..;-)

Patricia García Berruguete

Consultora en higiene alimentaria y formadora de manipuladores de alimentos. ¿Que por qué hay que formarse? Porque conseguir unas correctas prácticas de higiene no depende únicamente del sentido común.