Es mal momento para hablar de emprender en la industria alimentaria, lo sé.
O al menos en algunos sectores de la industria alimentaria. A ver quién es el valiente que se atreve en este mondo difficile y con este futuro incerto que tenemos por delante.
Pero el caso es que se abren bares, tiendas, restaurantes, distribuidoras, queserías, cerveceras, lo que sea. Aunque este virus nos haya descolocado las piezas del puzzle, hay gente con la mirada mas allá (¡qué remedio!), que están pudiendo seguir adelante con su idea o que han conseguido pivotar el modelo a uno que se ajuste a la situación actual.
Hoy quiero escribir un poco sobre esto de emprender en algo que tenga que ver con alimentos/bebidas y cómo clasifico mentalmente a los clientes por su motivación y por su forma de encarar las cuestiones sanitarias.
Todo muy subjetivo.
Cualquier parecido con la realidad es puramente… experiencial.
LA IDEA DE EMPRENDER EN LA INDUSTRIA ALIMENTARIA
La idea de emprender en la industria alimentaria germina por diversos motivos y como he dicho, esto que voy a escribir es una reflexión que se sujeta únicamente en mi propia experiencia, no en un estudio exhaustivo sobre emprendimiento. He trabajado en estos catorce años con unas ochenta empresas y esta es la agrupación que me sale de ojo tras hacer un repaso en mis carpetas.
Así que, según mi Dropbox, tenemos estos tipos o maneras de emprender/comenzar en la industria alimentaria:
- De forma “natural”: es el negocio familiar y tras años trabajando en familia, los mayores se retiran (oficialmente, aunque nunca dejan de sobrevolar por si acaso) y la siguiente generación toma las riendas.
- Los románticos: gente, joven generalmente, que quiere recuperar formas de vivir, en muchas ocasiones sin haber tenido contacto con el sector previamente. Se preparan concienzudamente, aprenden un oficio y lo convierten en su modo/proyecto de vida. Artesanos del pan, del queso, de la birra, restauradores con una idea muy específica. Algunos se quedan ahí y otros van evolucionando hacia empresas potentes, con diversificación del modelo, diversos locales, franquicias… También montan negocios innovadores, que incluso cuesta encajar en un registro convencional (por ejemplo, hace unos años vivimos la revolución de la venta online de productos que fabrican y almacenan otras empresas pero que vende un tercero a través de una página web).
- La salida lógica: personas que vienen de otros trabajos (cuando se quedan sin trabajo o se hartan del que tienen, que normalmente es en el mismo sector) y deciden “montar algo” para salir adelante. Bares, pequeñas tiendas minoristas. Camareros/cocineros que montan bares, por ejemplo. Muchos de ellos pasan al grupo anterior.
- Los otros: aquí meto a los que son parte del sector alimentario sin ser este la idea principal de su emprendimiento. Por ejemplo, una escuela infantil que tiene cocina/comedor escolar, un sitio de esos que las madres llamamos «parque de pelotas», donde se celebran cumpleaños infantiles con juegos y te dan una merienda (pizza o perrito a escoger).
[Gracias, diosito, por librarme de esos momentos: prefiero la incertidumbre de que anden solas por la calle con su tropa a tener que volver a pasar la tarde en un sitio de esos].
Ya sabes cómo trabajo y si no, pues te lo cuento: las empresas me contratan para resolver las cuestiones sanitarias. Con algunas trabajo de forma puntual (normalmente en el arranque de actividad o ante un cambio legislativo) y luego se ocupan (o no) de seguir con ello. Con otras empresas trabajo de forma continuada desde hace años, soy su responsable de seguridad alimentaria y mi tarea es ocuparme de esa parte de su negocio con una presencia continua más o menos intensa dependiendo del riesgo de su actividad.
Comento esto para que enmarques el tipo de emprendedores que contactan y cuentan conmigo, evidentemente no son empresas tan grandes que les compense tener su propio personal contratado.
Por lo que he visto estos años, venga de donde venga la idea, consiguen salir adelante los que se preparan para saber gestionar una empresa y tienen previstas las contingencias (súper de moda esta palabra en 2020, el año en el que vivimos en la contingencia continua).
Evidente, igual que en el resto de sectores, pensaréis.
Claro, home, te digo yo.
Rentabilidad, inversiones, servicio/distribución del producto, imagen, ambiente de trabajo, formación del equipo, comunicación interna y externa, marketing… ¿Qué más?
¿Qué diferencia a un emprendedor que hace juguetes de madera de forma artesanal de otro que quiere hacer queso con la leche de las ovejas de la familia?
¿O a una enamorada de las plantas que monta una floristería de una que quiere hacer pan y bollería sin gluten?
Dado que estás leyendo aquí, en un blog de seguridad alimentaria, pues esas preguntas se contestan solas, pero es por rellenar el post y que parezca que hay mucha chicha aquí. 🙂
Sigo.
EL CAMINO PARA EMPRENDER
Cualquier emprendedor de un negocio físico pasa por un infierrrno de trámites, presentación de proyectos, solicitudes de alta, papeleo para licencias, esperas interminables, tasas, inspecciones, más papeles…
Es una carrera de fondo que puede complicarse ad infinitum como no tengas ayuda o se presenten problemas inesperados.
Yo tuve suerte cuando me hice autónoma, allá por el 2007. En Valladolid acababan de abrir algo llamado «ventanilla única empresarial» y en una misma oficina había una técnico de la Seguridad Social, otra de la Agencia Tributaria y otra del Ayuntamiento. Salí de allí siendo autónoma y con el alta correspondiente en dos epígrafes de hacienda (eso costó un poco, lo de consultora o responsable de higiene alimentaria no aparece en ningún sitio) y no sé que más. Fácil y rápido, pero claro, a mí no me hacían falta licencias de ningún tipo.
Al grano, que me lío.
Lo que diferencia unos negocios de otros es la responsabilidad que se tiene sobre el producto en relación a la salud del cliente final. Si vendes plantas, tu cliente espera que no se le muera en breve, ni que esté llena de parásitos, pero no hay ningún tipo de expectativa más sobre el producto. Te curras el servicio en la venta, en la postventa incluso si necesitan más información sobre el cuidado de la planta, pero ya está.
Tú también eres consumidor, así que ponte en situación:
Si no te gusta un libro al leerlo, con poner a parir al autor en Twitter ya está…
Si se te muere la planta al mes y medio de convivencia, la culpa es tuya fijo…
Pero si a los tres días de un cenote en tu restaurante favorito susurras una y otra vez «señor, llévame pronto» agarrado a la taza del váter durante horas, con calambres en abdomen, vómitos en escopeta y/o heces sanguinolentas, no lo vas a dejar ahí. Si te pasa solo a ti y no has acabado en urgencias, quizá, pero como os haya pasado a los seis que ibais, ese pensamiento de «va a arder troya en cuanto me venga arriba» se va a instalar en tu cabeza.
Y pasa, os lo aseguro. Que se acaba en el juzgado, que lo de poner demandas y luego ya si eso, está a la orden del día.
Veamos ahora este asunto de la inocuidad alimentaria.
LOS EMPRENDEDORES Y LA SEGURIDAD ALIMENTARIA
Volviendo a los grupos/tipos de emprendedores de los que he hablado antes, los hay que llegan a mí sabiéndoselo todo y me piden ayuda para pulir o ejecutar y otros con los que mantengo conversaciones como esta:
Emprendedor: «… ya me he sacado el carnet de manipulador, eso es lo que me piden, ¿no?»
Y yo: «vale, ¿pero has tramitado ya el registro sanitario? Si empiezas el lunes deberías tenerlo hecho, que luego te lías.»
…
Y yo otra vez: «¿tienes ya los prerrequisitos?».
…
Y aún más: «¿tuviste en cuenta al hacer la obra que tienes que tener un espacio para los utensilios de limpieza? (por ejemplo)».
Emprendedor: «es que yo no sabía nada de eso».
Y yo: «vale, no pasa nada, nos ponemos».
Claro, nadie nace aprendido (menos mi padre, según mi madre).
Y sí, empezar es un lío de cojones tremendo, pero si vas a manejar alimentos, la seguridad alimentaria debe ser uno de los pilares que sustenten tu negocio.
Ineludible.
Un fallo en ese pilar y se viene todo abajo.
Cuando somos conscientes de los peligros, podemos desarrollar una ética de trabajo en la que nunca lo comercial esté por encima de la seguridad del producto, en la que seamos muy conscientes de que un error se puede magnificar hasta el infinito y generarnos una crisis (alimentaria, de reputación…) de la que podemos salir muy tocados como empresa.
Hacerse una idea, tener ‘la foto’ de lo que es necesario cumplir para poder gestionarlo con facilidad, pero sobre todo, con responsabilidad, hace de ti un mejor emprendedor/empresario de la industria alimentaria.
Un profesional, en vez de un aficionado.
Alguien preparado para solventar un incidente de la forma adecuada, sin comprometer lo que más cuesta conseguir y mantener, la reputación.
Todo opiniones así que, si quieres, cuéntame la tuya.
Seguiré con esto en el próximo post, antes de emprender en la industria alimentaria necesitas saber las diferentes formas de enfrentarse a los requerimientos legales. Dame unos días.
Gracias por leer, compartir, comentar…
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Patricia.
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